El pasado 30 de junio, un grupo de socias y socios de Asocastrona tuvimos la oportunidad de visitar el Centro de Tratamiento de Residuos (CTR) de Valladolid. Fue una experiencia tan interesante como reveladora, una de esas visitas que deberían formar parte de la educación de toda la ciudadanía porque ayudan a comprender algo que hacemos cada día y a lo que apenas prestamos atención: qué ocurre con nuestros residuos después de depositarlos en un contenedor.
La sensación
que nos acompañó durante toda la jornada fue la de estar recorriendo una
fábrica muy especial. En una fábrica tradicional entran materias primas y salen
productos terminados. En el CTR sucede justamente lo contrario: llegan residuos
mezclados y el objetivo es recuperar de ellos la mayor cantidad posible de
materiales para que vuelvan a convertirse en nuevos productos. Una auténtica
fábrica inversa.
Cada día
llegan a estas instalaciones alrededor de 500.000 kilogramos de residuos. Una cantidad difícil de imaginar que, según nos explicaron, sería
suficiente para llenar una piscina olímpica y otra infantil. Ante estas cifras
surge una pregunta inevitable: ¿cómo somos capaces de generar tanta basura? En
una familia media de cuatro personas se producen cerca de cinco kilogramos de
residuos al día. Resulta llamativo comprobar que, mientras la actividad
industrial está cada vez más controlada, el residuo doméstico sigue siendo
uno de los grandes retos ambientales de nuestra sociedad.
La visita
comenzó con una reflexión sencilla pero profunda: en la naturaleza no existe la
basura. Los ciclos naturales hacen que todo acabe transformándose y volviendo a
formar parte del sistema. Somos las personas quienes hemos creado un modelo de
producción y consumo que genera enormes cantidades de residuos y que obliga a
desarrollar complejas infraestructuras para gestionarlos.
Precisamente
por eso, uno de los mensajes más importantes de la jornada fue la necesidad de
separar correctamente los residuos en origen, es decir, en nuestros hogares. El
proceso de reciclaje no empieza en el CTR, sino en nuestras cocinas, nuestros
baños y nuestros cubos de basura. Si separáramos adecuadamente la materia
orgánica, por ejemplo, podríamos reducir aproximadamente un 50 % del volumen de
la bolsa de basura doméstica.
Durante la
charla también repasamos el uso correcto de los distintos contenedores. La
materia orgánica debe depositarse en el contenedor marrón, reservándolo
exclusivamente para restos de origen animal o vegetal. El vidrio de los envases
va al contenedor verde, mientras que espejos, cristales de ventanas, vasos o
platos no deben depositarse allí. El papel y el cartón limpios tienen su
espacio en el contenedor azul. Los envases de plástico, los briks, las tapas
metálicas y buena parte de los envases domésticos se destinan al contenedor
amarillo. Finalmente, el contenedor de resto acoge residuos como pañales,
excrementos de mascotas, mascarillas o materiales que actualmente no tienen una
vía de reciclaje viable.
También
conocimos la importante labor de los contenedores de recogida de ropa y calzado
gestionados por la entidad Caritas. Gracias a ellos, muchos textiles pueden
reutilizarse, repararse o reciclarse, al tiempo que se generan oportunidades de
empleo para personas en situación de vulnerabilidad.
Uno de los
datos que más impactó al grupo fue conocer que un solo litro de aceite usado
puede contaminar hasta un millón de litros de agua. Sin embargo, cuando se
deposita en los puntos de recogida adecuados, ese mismo aceite puede
transformarse en biocombustible. Un ejemplo perfecto de cómo un residuo puede
convertirse en un recurso cuando se gestiona correctamente.
El recorrido
por las instalaciones permitió descubrir la enorme complejidad tecnológica que
existe detrás de la gestión de residuos. Una vez que la basura llega al CTR,
comienza un proceso de separación que combina maquinaria avanzada y trabajo
humano. Primero se retiran los elementos más voluminosos. Después, los residuos
pasan por diferentes sistemas que los clasifican según su tamaño, densidad y
composición. Intervienen tromeles o cribas rotatorias, electroimanes capaces de
recuperar metales férricos, corrientes inducidas para separar otros metales y
sistemas ópticos con tecnología láser que identifican distintos materiales.
Aun así, las
máquinas no pueden hacerlo todo. Las cabinas de triaje siguen siendo una parte
esencial del proceso. En ellas, personas especializadas realizan un control de
calidad y retiran materiales impropios que han llegado mezclados. La tecnología
ayuda, pero la correcta separación en los hogares sigue siendo insustituible.

Otro aspecto
sorprendente fue conocer los sistemas diseñados para minimizar los impactos
ambientales de la planta. Una red de ventilación forzada recoge los gases y
olores generados durante el tratamiento de los residuos. Posteriormente, estos
pasan por biofiltros donde intervienen bacterias que degradan determinados
compuestos químicos y por filtros de carbón activo que contribuyen a devolver
un aire limpio y libre de olores al exterior.
La materia
orgánica sigue caminos diferentes según su composición. Cuando se trata de
residuos orgánicos mezclados cuyo origen exacto no puede determinarse, se
destinan a los túneles de bioestabilización. Allí permanecen durante
aproximadamente seis semanas mientras comunidades bacterianas los transforman
en un material estabilizado que puede emplearse en trabajos de restauración
paisajística o como material de relleno en determinadas obras civiles.
Por otra
parte, los residuos orgánicos recogidos selectivamente son sometidos a procesos
mucho más eficientes. En la nave de biometanización, las bacterias trabajan en
ausencia de oxígeno para descomponer la materia orgánica y generar biogás,
principalmente metano. Este gas se almacena en un gasómetro y permite producir
cerca del 95 % de la energía que consume la propia planta, convirtiendo un
residuo en una fuente de energía renovable.
Además, los
excedentes de materia orgánica se trasladan a diecinueve túneles de compostaje
donde se controlan cuidadosamente parámetros como la temperatura, la humedad y
la oxigenación. El resultado es un compost de gran calidad que sí puede
utilizarse en la agricultura. Posteriormente, tanto el compost como el material
bioestabilizado pasan por una planta de afino donde mallas vibrantes,
separadores densimétricos, electroimanes y otros sistemas eliminan impurezas y
mejoran la calidad final del producto.
La diferencia
entre separar bien y separar mal quedó perfectamente reflejada en otro dato muy
significativo. Una bolsa de basura correctamente separada puede completar su
proceso de tratamiento en unas cuatro semanas. Sin embargo, una bolsa mal
separada puede requerir entre seis y ocho semanas de trabajo adicional. Separar
correctamente no solo facilita el reciclaje, sino que reduce costes, mejora la
eficiencia de las instalaciones y evita un enorme consumo de recursos humanos y
tecnológicos.
Sin embargo,
la realidad actual sigue siendo preocupante. Aproximadamente el 70 % de los
residuos que llegan al CTR terminan en el vertedero, si todos y todas separáramos
bien en nuestras casas este porcentaje sería de un 5%. Junto a la planta se
puede contemplar una impresionante montaña de residuos de unos setenta metros
de altura. El primer vertedero funcionó entre 1972 y 1998; el segundo ha estado
operativo desde 1998 hasta 2026, y ya se proyecta la construcción de una nueva
celda de vertido. Aunque los sistemas actuales cuentan con impermeabilización y
controles ambientales mucho más estrictos que en el pasado, el hecho de que sea
necesario seguir ampliando estos espacios evidencia que aún queda mucho camino
por recorrer en materia de sensibilización y prevención.
Al finalizar
la visita, resultó imposible no extraer la conclusión de que todo el esfuerzo
que se realiza en esta gran fábrica inversa es admirable y necesario, pero
también que representa un parche para un problema mucho más profundo. La
mejor basura es la que no se genera. Reciclar es imprescindible, pero
reducir y reutilizar son pasos aún más importantes.
Elegir fruta a
granel, utilizar bolsas reutilizables, evitar productos con exceso de embalaje,
reparar antes de sustituir y reflexionar sobre nuestros hábitos de consumo son
acciones cotidianas que tienen un enorme impacto colectivo. Vivimos rodeadas y
rodeados de miles de mensajes publicitarios que nos animan constantemente a
comprar más. Frente a ello, la sostenibilidad comienza con una pregunta
sencilla: ¿realmente necesitamos todo lo que consumimos?
Desde
Asocastrona queremos agradecer especialmente a María, nuestra guía
durante toda la jornada, por su cercanía, su profesionalidad y la claridad de
sus explicaciones. Gracias también a todas las personas de la asociación e
invitadas que participaron en la actividad y demostraron, una vez más, su
compromiso con el cuidado de nuestro entorno.
Porque,
después de conocer el viaje de nuestros residuos, una cosa queda clara: los
pequeños gestos que realizamos cada día en casa tienen consecuencias enormes
para el planeta. Y el futuro comienza, literalmente, en el cubo de la
basura.
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