miércoles, 10 de junio de 2026

Un rastro de saberes botánicos en la Reserva Natural de Castronuño

La jornada de hoy ha brindado a las personas que formamos parte de la Asociación Asocastrona, junto a quienes nos han acompañado como visitantes, una experiencia didáctica tan enriquecedora como inolvidable por los senderos de nuestra Reserva Natural. De la mano de Eduardo Perote, ingeniero medioambiental y profundo conocedor del entorno, hemos realizado una ruta botánica que ha transformado el paisaje cotidiano que pisamos en un auténtico libro abierto, repleto de historias, curiosidades y aplicaciones prácticas.

El paseo ha sido mucho más que una caminata, se ha convertido en una ponencia itinerante al aire libre, donde cada árbol, cada arbusto y cada pequeña hierba han reclamado su protagonismo gracias a las explicaciones detalladas y generosas de nuestro guía. 

Durante el recorrido por la zona de la Muela y las orillas del río, Eduardo nos ha descubierto curiosidades fascinantes sobre la flora local. Hemos aprendido que las adelfas guardan secretos venenosos y que los almendros silvestres nos advierten de su contenido en cianuro a través del amargor de sus frutos. Resulta llamativo pensar que la existencia de almendros dulces se la debemos a la curiosidad de los niños y las niñas, quienes mediante la prueba y el descarte fueron seleccionando las variedades más agradables al paladar.

¿Sabías que junto al banco del amor existe un ejemplar del árbol del amor? Alguien lo llamará casualidad, pero tal vez fue el destino quien los unió, atraídos por una flecha de Cupido.

La ruta también nos permitió comprender por qué las amapolas tiñen de rojo La Muela. La explicación está en la construcción de las bodegas existentes allí. Al remover la tierra de las mismas, se liberó el calcio necesario que las amapolas necesitan para florecer.

La extraordinaria biodiversidad de Castronuño se desplegó ante nuestros ojos a través de especies como el corremundos, rico en potasio y utilizado antiguamente para la elaboración de lejías, o el cardo corredor, estrechamente vinculado al pastoreo y a la apreciada seta de cardo que crece parasitándolo. Eduardo destacó asimismo la relevancia de plantas como la escoba blanca, la parra rusa o la nueza para el sustento de abejas y otros insectos polinizadores, recordándonos el papel fundamental que desempeña la Reserva Natural como refugio de biodiversidad y fuente de riqueza melífera.

Entre tomillos, gallocrestas y geranios silvestres, comprendimos que la naturaleza ha sido durante siglos una despensa y una farmacia al alcance de quienes sabían interpretarla y que debemos cuidar con rigor.

Sin olvidarnos de los vilanos, que no milanos, de la familia de las lechugas, con su látex blanco, o del lino blanco. Tampoco de los mimbreros o mochas, porque se desmochaban para dar de comer al ganado.

Las explicaciones estuvieron enriquecidas por numerosos refranes populares, auténticos compendios de la sabiduría acumulada durante generaciones en base a la observación. Al detenernos junto a los olmos, recordamos aquello de que no se les puede  pedir peras, pero sí uvas, pues ya desde tiempos de los romanos se utilizaban ejemplares masculinos para elevar y sanear las parras.  También conocimos las hojas compuestas que estos árboles utilizan para refrescarse.

Descubrimos el aroma a vermut de la santolina y la manzanilla bastarda, y las propiedades atribuidas a la nevadilla para combatir la artrosis. Desde el uso del lampazo como papel higiénico natural, hasta el potencial medicinal del epilobium, siempre cerca de los cauces, investigado para tratamientos de próstata o la antilis vulneraria para heridas, cada paso nos ha acercado más a la sabiduría de quienes nos precedieron, nuestros antepasados, capaces de desarrollar una estrecha convivencia con el medio natural que les rodeaba.

El paseo nos permitió igualmente observar la estrecha relación entre el agua y la vegetación. Aprendimos que la presencia abundante de correvuela en los huertos puede indicar un exceso de riego y que la madera del aliso, resistente a la humedad y propio de zonas de silicio y gargantas de ríos, resulta sin embargo compleja de trabajar: “ La madera del aliso, ni el diablo la quiso”.


Nuevos refranes y conocimientos tradicionales, como el uso del majuelo como portainjertos o las múltiples aplicaciones de la malva, completaron una mañana en la que la ciencia y la tradición oral caminaron de la mano. Pero no te confíes, porque “quien con malvas se cura, mal va”.

Descubrimos también el ajo silvestre de flores moradas: “Me gusta el ajo con una chuleta debajo”, los berros ricos en hierro y azufre y la curiosa transformación de la achicoria en endibia cuando crece en ausencia de luz.

La jornada concluyó en el paraje de San Lázaro, donde el carácter divulgativo dio paso a un ambiente más festivo y convivencial. Allí compartimos unas deliciosas viandas que sirvieron tanto para recuperar fuerzas como para prolongar la conversación y el intercambio de experiencias, fortaleciendo los lazos de amistad que dan sentido a actividades como esta.


Como muestra de agradecimiento por su dedicación y sus enseñanzas, entregamos a Eduardo Perote una selección de productos locales compuesta por vino, miel, molletes y un escudo cerámico de Asocastrona, todos ellos representativos de la calidad y la identidad de Castronuño.

Nos despedimos con la satisfacción de haber vivido una jornada excepcional, con la mente repleta de nuevos conocimientos y la certeza de haber participado en una actividad que ha sido un éxito tanto por su valor divulgativo como por la excelente acogida y participación de todos los asistentes. La vida compartida es mucho más vida.

Malvas

Epilovium, para tratamiento de próstata

Nevadilla, para artrosis y artritis

Lampazo, "papel higiénico"

Mimbrero o mocha

Ajo silvestre

Majuelo, porta injertos

Manzanilla bastarda, planta con olor a vermut

Antilis vulneraría, para heridas

Lino blanco



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