La jornada de hoy ha brindado a las personas que formamos parte de la Asociación Asocastrona, junto a quienes nos han acompañado como visitantes, una experiencia didáctica tan enriquecedora como inolvidable por los senderos de nuestra Reserva Natural. De la mano de Eduardo Perote, ingeniero medioambiental y profundo conocedor del entorno, hemos realizado una ruta botánica que ha transformado el paisaje cotidiano que pisamos en un auténtico libro abierto, repleto de historias, curiosidades y aplicaciones prácticas.
El paseo ha sido mucho más que una
caminata, se ha convertido en una ponencia itinerante al aire libre, donde cada
árbol, cada arbusto y cada pequeña hierba han reclamado su protagonismo gracias
a las explicaciones detalladas y generosas de nuestro guía.
Durante el recorrido por la zona de la
Muela y las orillas del río, Eduardo nos ha descubierto curiosidades
fascinantes sobre la flora local. Hemos aprendido que las adelfas guardan
secretos venenosos y que los almendros silvestres nos advierten de su contenido
en cianuro a través del amargor de sus frutos. Resulta llamativo pensar que la
existencia de almendros dulces se la debemos a la curiosidad de los niños y las
niñas, quienes mediante la prueba y el descarte fueron seleccionando las
variedades más agradables al paladar.
¿Sabías que junto al banco del amor
existe un ejemplar del árbol del amor? Alguien lo llamará casualidad, pero tal
vez fue el destino quien los unió, atraídos por una flecha de Cupido.
La ruta
también nos permitió comprender por qué las amapolas tiñen de rojo La Muela. La
explicación está en la construcción de las bodegas existentes allí. Al remover
la tierra de las mismas, se liberó el calcio necesario que las amapolas
necesitan para florecer.
La
extraordinaria biodiversidad de Castronuño se desplegó ante nuestros ojos a
través de especies como el corremundos, rico en potasio y utilizado
antiguamente para la elaboración de lejías, o el cardo corredor, estrechamente
vinculado al pastoreo y a la apreciada seta de cardo que crece parasitándolo.
Eduardo destacó asimismo la relevancia de plantas como la escoba blanca, la
parra rusa o la nueza para el sustento de abejas y otros insectos
polinizadores, recordándonos el papel fundamental que desempeña la Reserva
Natural como refugio de biodiversidad y fuente de riqueza melífera.
Entre
tomillos, gallocrestas y geranios silvestres, comprendimos que la naturaleza ha
sido durante siglos una despensa y una farmacia al alcance de quienes sabían
interpretarla y que debemos cuidar con rigor.
Sin olvidarnos
de los vilanos, que no milanos, de la familia de las lechugas, con su látex
blanco, o del lino blanco. Tampoco de los mimbreros o mochas, porque se
desmochaban para dar de comer al ganado.
Las
explicaciones estuvieron enriquecidas por numerosos refranes populares,
auténticos compendios de la sabiduría acumulada durante generaciones en base a
la observación. Al detenernos junto a los olmos, recordamos aquello de que no
se les puede pedir peras, pero sí uvas,
pues ya desde tiempos de los romanos se utilizaban ejemplares masculinos para
elevar y sanear las parras. También conocimos las hojas compuestas que
estos árboles utilizan para refrescarse.
Descubrimos el aroma a vermut de la santolina
y la manzanilla bastarda, y las propiedades atribuidas a la nevadilla para
combatir la artrosis. Desde el uso del lampazo como papel higiénico natural,
hasta el potencial medicinal del epilobium, siempre cerca de los cauces,
investigado para tratamientos de próstata o la antilis vulneraria para heridas,
cada paso nos ha acercado más a la sabiduría de quienes nos precedieron, nuestros antepasados, capaces de desarrollar una
estrecha convivencia con el medio natural que les rodeaba.
El paseo nos
permitió igualmente observar la estrecha relación entre el agua y la
vegetación. Aprendimos que la presencia abundante de correvuela en los huertos
puede indicar un exceso de riego y que la madera del aliso, resistente a la
humedad y propio de zonas de silicio y gargantas de ríos, resulta sin embargo
compleja de trabajar: “ La madera del aliso, ni el diablo la quiso”.
Nuevos refranes y conocimientos tradicionales, como el uso del majuelo como portainjertos o las múltiples aplicaciones de la malva, completaron una mañana en la que la ciencia y la tradición oral caminaron de la mano. Pero no te confíes, porque “quien con malvas se cura, mal va”.
Descubrimos
también el ajo silvestre de flores moradas: “Me gusta el ajo con una chuleta
debajo”, los berros ricos en hierro y azufre y la curiosa transformación de la
achicoria en endibia cuando crece en ausencia de luz.
La jornada
concluyó en el paraje de San Lázaro, donde el carácter divulgativo dio paso a
un ambiente más festivo y convivencial. Allí compartimos unas deliciosas
viandas que sirvieron tanto para recuperar fuerzas como para prolongar la
conversación y el intercambio de experiencias, fortaleciendo los lazos de
amistad que dan sentido a actividades como esta.
Como muestra de agradecimiento por su dedicación y sus enseñanzas, entregamos a Eduardo Perote una selección de productos locales compuesta por vino, miel, molletes y un escudo cerámico de Asocastrona, todos ellos representativos de la calidad y la identidad de Castronuño.
Nos despedimos
con la satisfacción de haber vivido una jornada excepcional, con la mente
repleta de nuevos conocimientos y la certeza de haber participado en una
actividad que ha sido un éxito tanto por su valor divulgativo como por la
excelente acogida y participación de todos los asistentes. La vida compartida
es mucho más vida.




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